El Gran Viaje de Kiadi (IV) Impactante testimonio de un joven inmigrante.

Brazzaville-Ouesso

Kiadi y sus compañeros se encuentran en Brazzaville, tratando alejarse rápidamente de su país, pues ahora son desertores. Se encuentran ya fuera de la seguridad del hogar, pero los congoleños de Kinsasha que residen en Brazza muestran gran solidaridad con sus compatriotas y les hablan de unos barcos que, llenos de comerciantes, realizan el camino de Brazza a Ouesso (frontera con el Camerún). Sin embargo, durante estos viajes todos los pasajeros deben pasar varios controles militares. ¿Qué van a hacer? Ellos no tienen los documentos en regla.
Kiadi no se desmoraliza. Algo se podrá hacer. Sin vacilar acude al puerto, y tras arduas negociaciones, logra un acuerdo con el capitán de uno de esos barcos: sus amigos y él le pagaran y él les tomará como trabajadores durante el viaje.NAI03D

Así pues, comienza el primer día de viaje, que ha de durar tres semanas.
No transcurren muchos días antes de llegar al primer control. Los soldados se preparan para chequear a todos los pasajeros a bordo. Kiadi y sus amigos sienten de nuevo la adrenalina en sus cuerpos: ¡no pueden permitirse caer en manos de los soldados!
Saben que sólo pueden fiarse del capitán. En sus manos está su destino.

Cuando los militares se disponen a subir al barco para la inspección, y el corazón de Kiadi late más fuerte que nunca, el capitán hace bajar a tierra a su tripulación (los marinos), y entre ellos, a Kiadi y sus compañeros.
Cuando el control acaba y los soldados se retiran, suben de nuevo para proseguir su viaje, respirando aliviados. Han pasado por tripulantes y no ha habido problema.
Kiadi y sus compatriotas se ven obligados a repetir este proceso varias veces a lo largo del viaje.

Mientras Kiadi espera en cada puesto de control a que revisen a los pasajeros, observa que a menudo en esos lugares hay algunos Kinois (habitantes de Kinshasa) retenidos desde hace varios días: algunos porque no tenían los documentos en regla, otros porque no tenían dinero para pagar el “peaje” (probablemente las mercancías que proponían a cambio no interesaban a los militares). El capitán paga lo que tiene que pagar por ellos y los embarca.
Kiadi observa todo esto desde su lugar entre los marinos. Sabe que no se trata de solidaridad: el capitán recuperará todo el dinero invertido más los intereses, ya sea con el trabajo manual de los “liberados” ya sea con el producto de la venta de las mercancías. Pues estos “liberados” tienen mercancías que vender en el Camerún. A su vuelta, en el viaje de regreso, pagarán su deuda.

Así pasan los días. Kiadi y sus amigos arreglan los desperfectos del barco, limpian la cubierta, y realizan cualquier trabajo que surja. Es una relación bastante familiar la que se establece según un modelo de tipo feudal: ellos trabajan para el patrón a cambio de protección ante los innumerables controles militares a lo largo del camino y, de vez en cuando, comida bien preparada por la mujer del patrón que también viaja con él.

Cada atardecer, la inmensa barcaza acosta. Los pasajeros, cansados, salen para buscar un lugar donde hacer sus necesidades y estirar las piernas. Kiadi tiene que buscar leña y, a veces, en los pueblecitos, comprar comida. Por las noches, el joven se entrega rendido a un sueño breve, pero que se le antoja una bendición.

Por fin transcurren las tres semanas. Se acerca el puesto fronterizo, donde la vigilancia militar es brutal.
Problemas. Esta vez no va a resultar nada fácil.

(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo)

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Una respuesta

  1. Aquí estoy de nuevo, leyendo el fascinante viaje de Kiadi. Realmente, parece una história de película. Parece un viaje bastante duro, lo que afronta este joven.

    Me ha sorprendido que les dejarán hacerse pasar por tripulantes. Aunque, como bien dices, no lo hace por solidaridad, si no por dinero.

    Espero la continuación pronto.

    Saludos!

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