El Gran Viaje de Kiadi (VI) Impactante testimonio de un joven inmigrante.

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Sokambro-Bertoua

Ya en Sokambro, Kiadi y sus compañeros cogen un autobús hasta llegar a Yokodouma, al norte, cerca de la frontera. Aquí se respira un ambiente muy distinto, de ciudad turística. Elefantes, cacao, café y gran riqueza forestal son algunos de los tesoros del lugar. Sin embargo, las carreteras que discurren por estos lugares de África están en muy mal estado, y el viaje se hace largo y lleno de incomodidades.
En Yokodouma van directos a una parroquia católica. Su plan es conseguir ayuda económica, que ofrece allí Cáritas a los viajeros que desan regresar al Congo y no tienen suficientes recursos. No es el caso de nuestros amigos, ya que desean justamente lo contrario, y por ello acuden al lugar con una mentira ya preparada. Una vez más deben luchar con su única arma, la astucia, pues no tienen ni dinero ni facilidades.
Los religiosos congoleños no quieren saber nada de estos asuntos. Ellos saben muy bien que todos los congoleños que pasan por los servicios de Caritas son candidatos para ir a Europa. Esta aventura que sus compatriotas están haciendo, arriesgando sus vidas, les angustia. O quizá les da un poco vergüenza ver a sus compatriotas con tanta mentira en la boca.
Finalmente el Padre Superior, que es blanco, les recibe, y pasan horas y horas discutiendo con él. El pobre Padre, armado de paciencia, escucha cómo le insisten en que son inocentes jóvenes que vienen de Malí y que vuelven a su país porque se les ha acabado el dinero.
El Padre Superior, que tampoco es tonto, sabe perfectamente lo que quieren nuestros amigos. Por eso, y a pesar de las protestas indignadas de Kiadi y los suyos quiere comprar él mismo el billete de regreso. Horror y consternación: Esto destruye los planes. Vuelta a discutir y a renegociar.
Al final, con la paciencia que caracteriza a todo el que sufre y necesita ayuda, consiguen convencer al Superior o a agotarlo.
Les da 50 $ por cabeza.
Salen al momento, prefiriendo pasar el mínimo tiempo posible en un mismo lugar; se despiden de un grupo de congoleños que se han quedado en la ciudad, a pesar de que habían recibido también dinero de los religiosos, y que probablemente lo habían malgastado.
Con el dinero en el bolsillo, toman el autobús hacia Bertoua. Llevan ya mucho tiempo sin tener una sola jornada de descanso, pero eso es un lujo que no pueden permitirse.
La travesía hacia Bertoua son diez horas en autobús sobre una carretera repleta de controles militares. El pasajero en cada control debe descender y abrir la maleta. Kiadi arregla el asunto en cada control con 2$.
Cuando llegan al último control, el alboroto general es mucho mayor. Parece que hay problemas. No está funcionando la técnica habitual. Kiadi lo intenta, pero los militares están realmente vigilados, puesto que este control está ya cerca de la ciudad y es más importante. Les exigen los pasaportes sin posibilidad alguna de evitarlo.
Kiadi muestra su pasaporte. El militar niega con la cabeza. Los prenden por “pasaportes sospechosos”. Sin darles apenas posibilidad de defenderse o actuar, se lo llevan junto a sus dos amigos. Kiadi mira desde tierra cómo se aleja el autocar, prosiguiendo su marcha sin ellos.
Sin demasiados miramientos, Kiadi es arrojado al calabozo, un húmedo y frío lugar en las entrañas de la desconocida Bertoua.
¿Saldrá de esta Kiadi? Continuará…
(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo)

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