El Gran Viaje de Kiadi (VII) Impactante testimonio de un joven inmigrante.

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Bertoua-Yaoundé

Hasta ahora Kiadi ha dependido solo de su astucia, pero ahora necesita suerte. Y la tiene.
Al cabo de una semana de pasar los días encerrados con una alimentación miserable y las noches sobre un duro y frío suelo de piedra, se presenta el Prefecto en la cárcel buscando congoleños para desempeñar un trabajo de construcción. Quiere para ello congoleños porque, según dice, “el congoleño no se pelea ni vende droga, sólo es peligroso cuando se cabrea”. Kiadi y sus compañeros son sacados de allí para tal propósito: les harán trabajar duro, no les pagaran absolutamente nada, pero quedarán libres del calabozo. ¡Puede llamarse suerte!
Quedan a cargo de un anciano, que controla su trabajo de forma estricta. Y sin embargo, tras días de trabajo intenso, cuando acaban el trabajo, les deja marchar y también les da algo de dinero a modo de pago, casi por solidaridad, casi por interés, ya que le interesa mantener buenas relaciones con la comunidad congoleña.
Con el dinero recibido se van a tomar un autobús para Yaoundé que es la capital política del país. Cuando llegan, ven con horror que tienen que pasar una vez más por un control militar, y en esta ocasión parece insalvable: los despachos están prácticamente pegados al autobús. Es decir que la puerta de entrada se abre delante de la puerta del autobús para que ningún viajero pueda escapar al control.
Kiadi trata de disimular su disgusto, porque todo va camino de acabar como el último control, o peor: con sus huesos en la cárcel o expulsados del país, sin nada.
No; de ninguna manera. Aunque parezca imposible, en algún momento los vigilantes se darán la vuelta, en algún momento miraran sus papeles, miraran el reloj. Tendrá que ser rápido y ágil como un lince para aprovechar justo esos segundos de inatención.
La tensión de estos momentos es insoportable. Kiadi y sus compañeros disimulan muy, muy cerca del control, mientras lanzan ojeadas continuas esperando el momento. Aun si consiguieran pasar, habrá que rezar para que el resto de pasajeros no les delate.
La decisión de pasar se ha de tomar «in extremis», casi dejando que sea el instinto quien decida. Kiadi encuentra este momento y agachándose ligeramente, ¡consigue pasar sin ser visto! Uno de sus compañeros consigue deslizarse también de este modo y colocarse con el grupo de los que ya han pasado el control. El tercero respira profundamente. Sabe que si sus dos compañeros lo han conseguido, él también puede lograrlo. Armándose de valor, se escurre ágilmente y… un militar observa el movimiento por el rabillo del ojo. Al momento, es rodeado y detenido por los funcionarios militares. Desde su asiento en el autobús, Kiadi y su ya único amigo miran con tristeza al compañero que ha quedado en el despacho, solo, ocupado en mentir y mentir a las autoridades y que probablemente será expulsado del Camerún para quedarse algún tiempo en Ouesso hasta reunir la cantidad de dinero necesaria para intentar de nuevo la operación. No se saludan, sería demasiado peligroso. En una aventura como ésta cada uno está a lo suyo y no hay lugar para los sentimientos. Única preocupación, y nada desdeñable: que el compañero desafortunado, por envidia o por despecho les denuncie. Pero no lo hace, se mantiene fiel a ellos y ni les mira, para no delatarles. Por un momento Kiadi se siente profundamente solo. Cada amigo que se queda atrás es un pedazo más de él mismo y de su mundo que pierde, sin poderse siquiera despedir, para no volverlo a ver jamás.
Sin mediar palabra, los dos amigos suspiran apenados cuando el autobús se pone en movimiento, preguntándose qué nuevas y duras pruebas les aguardan.
(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo)

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