El gran viaje de Kiadi. Increíble testimonio de un joven inmigrante (XII)

Kiadi está encerrado, y tiene miedo. En un proceso fugaz, el juez condena Kiadi a “un an avec soucis”. Eso es por lo menos lo que ha entendido Kiadi quien se pone a llorar de desesperación mientras es conducido al calabozo. Pero un Camerunés del calabozo, con más experiencia en estas lides, le dice que deje de llorar, que “avec sursis” quiere decir algo así como “con la sentencia en suspenso”

Kiadi no da crédito a lo que oye. Unas horas después sale a la calle. “No queremos verte más por aquí. Te damos 48 horas para desaparecer de Illizi” Kiadi acepta con gratitud las palabras del Juez pero ya en su cabeza tiene que resolver un problema urgente: documentos, necesita papeles. Los Nigerianos se quedan en el calabozo.

Encuentra una pareja de compatriotas entre los “viajeros”. Se van al día siguiente hacia Argel. Sabiendo eso, Kiadi se da cuenta de que sólo dispone de un día para poner en práctica su proyecto. Les pide prestado el documento y hace varias fotocopias de las que escoge la mejor. Luego con una sandalia de goma que encuentra en un basurero, y con una hoja de afeitar, corta un pedazo lo más redondo posible y empieza a imitar el matasello argelino de la frontera. Trabajo lento y difícil pues se trata de imitar en hueco-gravado y al revés un dibujo. Después con la tinta roja de un bolígrafo va ensayando varias veces hasta que le parece que ha conseguido alguna semejanza con el documento originario. No está excesivamente contento pero eso es todo lo que puede hacer. Es peligroso porque la “vía normal” se puede convertir, en cualquier control militar, en una “vía bastante anormal”

Todo sale bien. Kiadi llega a Ouargla en una noche pasando 7 controles militares. Ningún problema con los documentos.

De Ouargla se mueve a Oran en otro viaje nocturno. Llega por la mañana y queda sorprendido por la belleza de la ciudad. Le parece que es buen signo y que se está aproximando al final del camino, a la salida del terrible túnel que no termina nunca. Pero no es su plan el hacer turismo. Su destino es Europa.

Tiene que buscar lo más pronto posible el pueblo de Marniya donde puede encontrar a muchos compatriotas. Pero por una razón u otra no lo consigue más que una semana más tarde. Así que tiene que vivir en Orán clandestinamente por decirlo así: duerme en la estación de autobuses a partir de las 10 de la noche y solamente hasta las seis de la mañana para que no le coja la policía. Hace frío. Está solo, y la sensación de inseguridad es a veces insoportable. No se puede lavar en ningún sitio y para hacer sus necesidades tiene que ir a algún bar. Esta vida de pordiosero le dura toda la semana, pero no le queda más remedio que soportarlo con estoicismo. Tiempos mejores llegarán, para eso está haciendo todo esto. Al fin, encuentra el buen contacto y consigue un taxi de confianza que le lleva a Marniya.

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