África, depósito de basura atómica

Somalia es uno de los numerosos países subdesarrollados que desde los años ochenta recibió innumerables cargamentos de residuos nucleares y otros desechos tóxicos de los países desarrollados y los almacenó a lo largo de la costa. Los somalíes informan ahora que el 40% de su población padece cáncer.

Se contaron, entre otros, uranio, cadmio, plomo y mercurio. Naturalmente, no faltaron las reprimendas para los culpables, sin nombrarlos expresamente: se trataba de una violación de los convenios internacionales sobre la exportación de semejantes desechos a Somalia, y era éticamente cuestionable que pudieran establecerse semejantes convenios con un país sacudido por la guerra civil. La indignación del UNEP (United Nations Environment Programme), el Programa de la ONU para la protección del medioambiente, parecía justificada. Pero el interrogante se mantiene abierto: si desde los años ochenta se han dado esos casos, ¿por qué no ha tomado el UNEP medidas más enérgicas antes?

Las Naciones Unidas no se manifestaron hasta después del escándalo del barco sirio “Zenobia”, que en 1988 transportaba unas 20.000 toneladas de residuos nucleares y durante meses estuvo buscando un puerto para poder descargarlas.

En 1989 la ONU convocó la Convención de Basilea para el control de las rutas de los residuos nucleares. Los ecologistas protestaron: según ellos, el control de las rutas de la basura atómica no significaba impedir su embarque para el Tercer Mundo. Así ocurrió por primera vez en 1995, cuando a la Convención de Basilea se le añadió un apéndice por el que a los Estados miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, más conocida por sus siglas inglesas OECD, se les prohibía exportar residuos tóxicos a los Estados que no pertenecían a la OECD. Pero esta oposición chocó con la oposición de los EE. UU. Washington se negó a firmar el artículo adicional de la Convención de Basilea. Por lo que respecta a otros productores de residuos, buscaron rodeos para deshacerse de su basura nuclear. La empresa ODM de Lugano incluso señalaba en Internet los mejores sitios para el almacenamiento de desechos nucleares. Se prefirió la Somalia sacudida por la guerra civil. Parece que Giorgio Comerio, director de la empresa ODM, ofreció a un tal Ali Mali un millón de dólares para depositar estos residuos en el nordeste de Somalia.

Ilaria Alpi y Miran Hrovatin, dos periodistas italianos, intentaron averiguar algo más de tales negocios. El 18 de marzo de 1994 llegaron a la ciudad somalí de Bosasso, entrevistaron a un funcionario local y el 20 de marzo de ese mismo año, tan sólo unas horas antes de que pudieran enviar telefónicamente su informe a la RAI , fueron asesinados en plena calle en Mogadiscio por un comando asesino.

Occidente gana miles de millones

Parecen estar implicados en este tipo de comercio altos intereses. Massimo Scalia, el presidente de una comisión de investigación del Parlamento italiano, dijo a la agencia Inter Press Service que Italia gana en el comercio de los residuos atómicos siete mil millones de dólares. Tan sólo en el año 2001 se embarcaron para África 600.000 toneladas de desechos nucleares. Somalia no era el único destino. También estaban previstos Zaire, Malawi, Eritrea, Argelia y Mozambique.

Los negocios con la basura nuclear continuaron a gran escala. Desde Somalia llegaron indicios de que el depósito de residuos nucleares de Obbia estaba custodiado por “soldados extranjeros” y no por la milicia somalí. Según una fuente fiable, los franceses y los norteamericanos dieron ya luz verde en los años ochenta para la construcción de un almacén de residuos nucleares en esta región. También el señor de la guerra somalí, general Morgan, que opera en el sur de Somalia, afirma que varios representantes extranjeros lo habían visitado en Nairobi para comprar su autorización para el depósito de residuos nucleares, lo cual rechazó, como ha dicho.

El silencio de la UNEP

Pero los representantes del lobby nuclear siguieron presionando. Según algunas afirmaciones, ellos fueron los que impidieron el rápido fin de las conversaciones de paz entre los partidos de la guerra civil somalí. Según algunas investigaciones la UNEP depende de los medios financieros que proporcionan cada dos años los Estados miembros, por eso sería demasiado arriesgado enfrentarse abiertamente a los países industriales que son sus principales financiadores. Es difícil cuestionar esta afirmación.

El informe del UNEP se ocupa detalladamente de diversos aspectos de los efectos, especialmente de los residuos lavados en tierra, en los manglares de la costa, los arrecifes de corales, la pesca y el agua subterránea. En cambio, los daños sufridos ya por los seres humanos, algunos ya muertos, apenas se mencionan. Por lo demás, los autores se quejan de que no les fue posible investigar la situación in situ. Indirectamente, ésta es también la justificación para las inocuas conclusiones del Informe UNEP, que, prácticamente, sólo se ocupan de los daños al medioambiente y la repercusión del calentamiento del clima sobre la diversidad biológica de Somalia. Pero ¿qué va a pasar con las personas, que son las víctimas de una actividad comercial sin escrúpulos, orientada exclusivamente por el beneficio? De eso nada dice el in forme UNEP. Nada se dice en absoluto de una condena de los instigadores que, sin el menor escrúpulo, sacrifican a seres humanos y están empleados en convertir hoy un país, y mañana tal vez todo un continente, en un depósito de residuos radioactivos. ¿Pero qué se va a hacer si el precio por almacenar los residuos tóxicos cuesta 250 dólares la tonelada en Europa, mientras que en África sólo hay que pagar 2,5 dólares por la misma cantidad?

Fuente: Vladislav Marjanovic

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