Daniel: una historia agridulce

Daniel es un niño de 15 años al que tuvimos la grandísima suerte de conocer en Kampala: abierto, simpático y lleno de vida. Como todos los adolescentes de su edad, Daniel tiene sueños e ilusiones, que quizá ahora pueda ver cumplidos; tal vez dentro de unos años le veamos trabajando de actor, o detrás de la cámara, o contagiando su optimismo a los demás como asistente social, igual que su gran amigo Brian.

A pesar de su corta edad, Daniel sabe bien lo que son el abandono y la marginación. Es uno de los millones de niños infectados por el virus de VIH que hay en África. Huérfano desde los cuatro años, parecía condenado a una muerte segura. Vivía con su tía, que se hizo cargo de él al morir sus padres. La ignorancia llevó a la mujer a dejar que la vida de su sobrino se consumiera poco a poco, tirado sobre un colchón y sin recibir ningún tipo de asistencia. Era uno de esos infectados por esa  enfermedad de la que era mejor no hablar. No querían en su casa a un niño que hiciera que los vecinos les señalaran con el dedo y que, además, podría ser un peligro para todos.

La suerte quiso que un día  pasara por delante de su casa una trabajadora de la clínica para enfermos de Sida del centro Padre Pío. La mujer se interesó por él y pidió que le llevaran a la clínica. Desde entonces, la vida de este pequeño desahuciado cambió por completo. Comenzó a recibir atención médica y tratamiento, además de visitas y atención a domicilio de los asistentes sociales.

Ahora, Daniel asiste al colegio, donde es un estudiante brillante; recibe tratamiento con antirretrovirales y ante él se abre un futuro lleno de esperanza. Su tía, que le acoge en su casa, le quiere “a su manera”, sus primos son ahora algo parecido a sus hermanos y su amigo Brian, el trabajador social que el centro ha asignado para que se ocupe de él, se ha convertido en su mayor referente y apoyo.

Conocer a Daniel y a Brian fue uno de esos regalos con los que te obsequia la vida. El tiempo que pasamos con ellos nos llenó de optimismo y esperanza. ¡Es tanto lo que se puede hacer! Pero también nos dejó un cierto poso de amargura, una sensación agridulce: “¿Cuántos Daniel –nos preguntamos- habrá en este mundo, que derrocha a manos llenas, esperando un tratamiento que quizá no llegue nunca?”.

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