Una imagen vale más que mil palabras

 

Una vez más, Gervasio Sanchéz nos invita a visitar una de sus exposiciones fotográficas.

Esta vez se trata de una exposición antológica  que se inaugura el martes 6 de marzo a las 19,30 en Tabacalera.

 

 

La exposición está formada por más de 150 imágenes y media docena de videos con los que se recorre la vida profesional de Gervasio Sánchez desde hace más de 25 años.

Podréis contemplar un compendio de sus fotografias tomadas en los diferentes conflictos de América Latina durante los años ochenta, de los Balcanes durante la década de los noventa y de África. También algunas fotografias de sus proyectos más importantes Vidas Minadas y Desaparecidos.

Os invitamos a ver la realidad que Gervasio desvela con sus fotos y también a que  sigais su blog donde hace altavoz de las atrocidades que se viven en los países en conflicto que visita.

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Hablando en plata…

El pasado 7 de abril, Gervasio Sánchez recibió el Premio Internacional Julio Anguita Parrado (joven periodista cordobés que murió el 7 de abril de 2003 en Irak, un día antes que José Couso).

El premio le fue otorgado como reconocimiento a su comprometida trayectoria profesional, Gervasio Sánchez ha trabajado como periodista independiente para diferentes diarios y revistas, cubriendo la mayor parte de los conflictos armados en América Latina, la antigua Yugoslavia, África y Asia.

Y en su discurso no dejó dudas al porqué de su elección…

“…Entre bastidores los altos cargos políticos y judiciales de nuestro país han conspirado contra sus propios ciudadanos. Entre bastidores han luchado “con uñas y dientes para hacer desaparecer los cargos contra los tres militares”, implicados en el asesinato de José Couso mientras mentían a sus familiares. Lo hemos leído en los papeles del Departamento de Estado de Estados Unidos filtrados por Wikileaks que deja a nuestros políticos y fiscales desnudos moralmente….”

“…Ahora [las armas] defendían intereses de jefecillos locales auspiciados por las antiguas potencias coloniales y muchos países se desangraban ante la inoperancia y la hipocresía de los gobernantes más poderosos en los Balcanes, Oriente Medio y Lejano y, sobre todo, en África…”

“…Cuando alguien sufre o agoniza es muy fácil fotografiarlo. Resulta incluso fotogénico. Y hay recursos retóricos que se utilizan a menudo: niños rodeados de moscas, hombres con miradas perdidas mientras mueren, seres humanos reconvertidos en esqueletos andantes.
Creo que los que sufren y los que mueren tienen derecho a nuestro respeto. Han podido perderlo todo, incluida la vida, pero nadie tiene derecho a arrancarles la dignidad.
Ser capaz de mostrarla, de fijar la emoción de un instante límite y, al mismo tiempo, documentarlo se ha convertido en mi asignatura pendiente.
La única verdad incuestionable de las guerras son las víctimas. El mundo del Dolor se parece a un océano sin límites. Sus protagonistas forman un interminable ejército de muchos ceros condenados al anonimato.

“… ¿Por qué los países más ricos son los más pobres? La respuesta es fría como el hielo: buitres carroñeros, que se presentan ante sus sociedades opulentas como decentes hombres de negocios, roban sus riquezas y corrompen a sus gobiernos.
Se llevan los diamantes, el petróleo y el coltan y dejan armas para que los más pequeños jueguen a matarse.
Si la corrupción es perseguida en nuestras sociedades, por qué permitimos que nuestras multinacionales utilicen la corrupción para sacar mayores beneficios. Si buscamos paliar el sufrimiento en nuestros hospitales por qué no impedimos el genocidio o la persecución étnica…”

“…Las armas son cada vez más ligeras. Los fabricantes tienen interés en abaratar costes y reducir la edad de los combatientes. Los comandantes saben que los niños se entusiasman con los juegos bélicos. Los soldados infantiles no replican cuando se les da una orden y son fácilmente sustituibles.
Nuestros hijos de 13 años serían combatientes en muchos países africanos. Actuarían como hombres y matarían por el control de una esquina. Aunque no sabrían responder a una pregunta simple: ¿Por qué mi país está en guerra?
Los varones son privilegiados. Las niñas de sus mismas edades son violadas por sus jefes, utilizadas como esclavas sexuales, marcadas para siempre por el odio y la enfermedad.
Si tienen suerte morirán muy jóvenes. Si no, el sida les tenderá la mano durante algunos años. La ignominia total: son esclavas sexuales durante la guerra y prostitutas cuando se alcanza la paz y se produce el desembarco masivo de los extranjeros. En los países golpeados por la violencia los blancos casi siempre huelen a dólares y colonia de lujo….”

“…Hay guerras porque la venta de armas es un negocio con grandes márgenes de beneficios. Hay guerras porque España ha exportado armas a países víctimas de conflictos eternos durante todos los gobiernos desde el inicio de la transición en 1977.
Y este bochornoso negocio se ha cuadriplicado desde 2004, desde la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero, el gobernante que más ha instrumentalizado y pisoteado la palabra paz, que, incluso, ganó aquellas elecciones gracias al estado de opinión creado contra la guerra de Irak y los errores cometidos por José Maria Aznar…”

Podéis leerlo completo en el Heraldo de Aragón.

Podéis ver en el CCCB y en el MUSAC, su exposición fotográfica “Desaparecidos” para aproximaros a la desaparición forzosa en diferentes países como Chile, Argentina, Perú, Colombia, El Salvador, Guatemala, Iraq, Camboya, Bosnia-Herzegovina y España. La exposición se puede ver hasta el 1 de mayo en el CCCB de Barcelona (gratis los domingos por la tarde) y hasta el 5 de junio en el MUSAC de Léon (entrada gratuita).

El Gran viaje de Kiadi. Increíble testimonio de un joven inmigrante (XI)

Esta historia se inicia en posts anteriores. Ver todos los posts sobre El Viaje de Kiadi.

Djanet-Illizi

 

No es fácil vivir en Djanet, porque los negros musulmanes son fácilmente descubiertos y ni Kiadi ni sus compañeros tienen documentos. Los emigrantes aquí están en condiciones de inferioridad: se les considera infieles, no tienen papeles ni entienden el idioma. Algunos emigrantes se hacen pasar por musulmanes. Kiadi y su grupo deciden ocultarse en una casa abandonada habitada por un Kobo (Kiadi, así como cualquier congoleño, llama así a los sub-saharianos en general).
Allí, organizando su siguiente etapa, pasan dos semanas, saliendo muy temprano por la mañana o por la noche, por turnos, para comprar alimentos.

Hasta que una noche un Tuareg viene a comunicarles que todo está ya preparado y que saldrán a las 22h rumbo a la ciudad de Illizi, que está a unas cuatro horas en vehículo. Illizi debería ser un respiro para ellos, puesto que de todas las ciudades de Argelia, es la que menos expulsa a extranjeros indocumentados.
Ese viaje debería costar entorno a 15$, pero les cobran 50$. El motivo es sencillo: en el camino hay tres controles militares por los cuales no podrán pasar sin dejar una “propina” por cada pasajero. Kiadi tiene que fiarse del jefe de la expedición y darle esa cantidad de dinero. No le queda otro remedio: si no fuera de fiar, no se ganaría la vida así,

porque en África las noticias corren rápido entre los compatriotas.
Antes de salir, Kiadi compra un pasaporte a un Maliense por 30$ más. A partir de entonces, pasa a ser el Señor Abu Bakar, que todo sea dicho no se parece nada a él, pero como los Magrebís no distinguen un negro de otro… Kiadi está encantado. ¡Por fin tiene papeles!

Salen por la noche. De nuevo hace mucho frío, e intentan aparentar tranquilidad al pasar los dos primeros controles. Sin problemas. Pero cuando están ya a tan sólo 10 kilómetros de Ilizi, en el tercer control militar, un soldado mira desconfiado, una y otra vez, el pasaporte de Kiadi. Las páginas son diferentes. Habla con los suyos. Kiadi no le entiende, pero sabe que está en problemas. Siente miedo, está muy asustado y no lo aparenta. “¿Algo va mal?”

carcelEl soldado coge a Kiadi de malos modos y lo obliga a bajar del vehículo, separándolo de los demás. Los militares hacen lo mismo con dos o tres nigerianos, y el vehículo sigue rumbo a Illizi con el resto.
Kiadi los ve alejarse por el desierto. Mira de nuevo a los soldados, desesperado. ¿Es este el fin de su viaje?
Uno de los soldados se le encara. “Eres un traficante“, le dice, convencido, y les obligan a subir a otro vehículo. Nuestro amigo congoleño no conoce nada, no entiende a nadie, no sabe a dónde va. No tiene nada.
Parece que ha acabado en Illizi, pero no como pensaba. Los militares le hacen bajar del coche y le encierran en el calabozo junto a los nigerianos.
Kiadi está completamente solo y terriblemente angustiado, porque no sabe lo que los policías pueden llegar a hacer con ellos.

 

(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo) CONTINÚA EN POSTS SIGUIENTES

El Gran viaje de Kiadi. Increíble testimonio de un joven inmigrante (X)

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Travesía por el desierto-Djanet

kiadi

Kiadi y sus amigos se encuentran parados, perdidos con el resto del convoy, en medio de un desierto totalmente desconocido para ellos. No saben si realmente están perdidos o si van a ser víctimas de una emboscada. El nerviosismo empieza a notarse en el ambiente, se respira la inquietud. El jefe de expedición les dice que preparen la comida y se relajen, que tal vez tengan que esperar un rato mientras los chofers realizan sus plegarias de encantación para encontrar el buen camino.Kiadi, siempre alerta, no se fía demasiado, pero intenta comportarse con tranquilidad.

Al cabo de un buen rato ordenan a todos que suban de nuevo a los vehículos. Parecen haber decidido el camino a tomar, y transcurren dos semanas más de marcha a través del desierto: polvo, calor, frío y sed.

Una noche, a las tres de la madrugada, los vehículos se paran. El jefe de expedición pide a todos que desciendan. Hace frío.

– La ciudad de Djanet está a cinco kilómetros -indica-. Id en línea recta, aunque tengáis que subir montañas. Pero mucha precaución cuando lleguéis a un kilómetro de la ciudad. Hay un peligroso campamento militar. Haréis bien en atravesarlo de forma separada, por pequeños grupos.

Así pues, unas cincuenta personas se ponen en marcha, en pleno desierto, guiándose tan sólo por las estrellas y muertos de miedo. Lo primero que constatan es que la distancia es en realidad de más de diez kilómetros. Están muy cansados, pues el desierto inclemente ha mermado sus fuerzas, y el frío penetra en sus huesos sin piedad. Así avanzan penosamente: una pequeña montaña, después otra más grande, siempre en línea recta.

Algunos objetos abandonados por los soldados, como cargadores vacíos de Kalashnikov, viejas botas, alguna camisa militar hecha jirones, les advierten que estan cerca de un campamento militar.

Al fin, al asomarse a la cresta de una de las montañas lo ven. Es un campamento grande, con enormes proyectores de luz que van barriendo las dunas. Otra prueba más, una de las más duras a las que tendrán que

enfrentarse en todo el viaje. Esto depende plenamente de ellos y de su propia habilidad.

Dispuestos a arriesgarlo todo, siguen adelante con valor. Se separan lo suficiente entre ellos y se van acercando prudentemente teniendo cuidado de echarse al suelo cuando pasa el haz de luz. Entonces se levantan y corren, corren hasta perder el aliento y volverse a echar al suelo porque vuelve el haz luminoso. El corazón de Kiadi va a mil. Si cogen a cualquiera de ellos, ya pueden darse todos por detenidos. Se trata de una prueba agotadora y muy peligrosa que deben repetir varias veces.

Aún así, mostrando gran valor, habilidad y tenacidad, consiguen pasar la zona al alcance de los faros, poniéndose más o menos a salvo. Apenas se permiten tomarse un respiro: rápidamente suben el siguiente montículo y prosiguen la marcha hasta la última colina desde la cual, ya al amanecer, vislumbran Djanet ante ellos.

Djanet posee una belleza mística y particular: se trata de una ciudad construida alrededor de un gran oasis, rodeada de vegetación, en el “parque de Tassili”. La habitan los Kel Ajjer,un grupo Tuareg. Entre la ciudad y ellos, tan sólo un pequeño río pacífico, bordeado por huertas.

Una vez más, Kiadi y los demás deben demostrar su astucia para entrar en la ciudad, y lo hacen esperando a la una del mediodía, momento en el que toda la ciudad (musulmana) se sume en la oración, incluyendo a los efectivos militares, y aprovechan para descender la montaña en pequeños grupos. Bordean el riachuelo. Entorno a él hay numerosos árboles frutales, y ellos se mueren de hambre, pero no se atreven a robar algo de comer. Su miedo a los árabes es atroz. Saben que con ellos se juegan la vida.

Ya en el mercado de la ciudad, moviéndose con cuidado, deshacen el grupo y Kiadi y sus dos compañeros se ponen a buscar compatriotas. Se sienten en un terreno peligroso habitado por personas que ellos consideran imprevisibles e incluso violentas. ¿Cuál será el siguiente paso que darán?

(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo) CONTINÚA EN POSTS SIGUIENTES

El gran viaje de Kiadi (VIII). Impactante testimonio de un joven inmigrante.

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Yaoundé-Agadez

Tras un viaje nocturno de Yaoundé a Douala, Kiadi y sus amigos, Lumumba y Mani, buscan un bar del que tienen referencias por ser punto de reunión de congoleños. Tras hacer algunos contactos, deciden quedarse en Douala un tiempo, donde Mani encuentra para todos un trabajo como descargador en los muelles, con la finalidad de seguir ahorrando un poco de dinero para las siguientes etapas del viaje. Entretanto se van quedando en casa de algunos compatriotas. Pasado este tiempo los tres cogen un autobús hacia Ikom, en Nigeria.

A medida que van llegando a Nigeria se dan cuenta del aire que ahí se respira, diferente y a la vez similar al resto de países africanos donde han estado. Nigeria es un país rico, enorme, el más poblado de África, con serios problemas de enfrentamientos religiosos, riquísimo en petróleo y también en corrupción, punto clave de la trata de menores. En Lagos y en Abidjan, por ejemplo, (en Côte D’Ivoire) se han desarrollado prósperos mercados de niños esclavos, que ocasionalmente han llevado su mercancía hasta Europa, con el pretexto de que los niños van a participar en torneos deportivos o, en un caso, de que irían a una audiencia pública en el Vaticano, con el mismo Papa. Asimismo, Ikom es uno de los centros más activos de la trata moderna de esclavos. Hay “depósitos” donde se almacenan jóvenes, en sitios distintos según criterios lingüísticos (para que no puedan organizar la huida).

Un gran puente sobre el río sirve de frontera en Ikom, tras el cual hay que pagar en aduana para recibir la acreditación que corresponde. Únicamente pagas y no te ponen problemas. Apenas paran en Ikom: en seguida los tres cogen un autobús, y después otro y otro más, realizando un viaje de más de mil kilómetros hasta Kano, y de ahí otro autobús a Maradi, en Níger. De nuevo para cruzar la frontera pagan 30$ por los “procesos burocráticos” y pasan sin problemas.
Kiadi, Lu y Mani llevan mucho tiempo ya viajando por carreteras africanas y parando en pueblos desconocidos, aunque últimamente han logrado avanzar sin grandes contratiempos. Esto se acabará en Agadez, tierras del desierto, donde encontrarán a un personaje singular que les ayudará a iniciar un larguísimo viaje por el desierto lleno de contratiempos… todavía no saben que acabaran perdidos en medio de la inmensidad de las dunas.

(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo)

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Severn Suzuki, la niña que no se calló

Muchos conoceréis ya este vídeo que ha dado la vuelta al mundo y sigue haciéndolo, a pesar de tener ya sus años. Severn Suzuki, con sólo 12 años, dio una lección a los miembros de la ONU presentes en la sala y también al mundo entero, no por desvelar cosas nuevas, sino por atreverse a decirlas, por atreverse a pensar que alguien podía echarle todo esto en cara a los responsables. Si no habéis visto todavía el vídeo de su actuación, os lo recomiendo. Resultan más que asombrosas las capacidades de oratoria de esta persona, sobretodo teniendo en cuenta su edad.

Y a nosotros, nos da otra lección. ¡Creer es poder!

El Gran Viaje de Kiadi (V) Impactante testimonio de un joven inmigrante.

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Duala-Sokambro

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La barcaza está llegando a su destino. A ambos lados del río hay puestos fronterizos plagados de militares. Ni Kiadi ni sus amigos tienen documentación. ¿Cómo van a evitar caer en manos de los soldados?
Por fortuna los jóvenes lo han previsto con antelación y, de acuerdo con el capitán, emplean esta táctica: se disponen a descender del barco por el único lugar que los soldados no ven, saltando directamente a una piragua que el capitán ha contratado. Cuando es el momento, la voluntad de Kiadi zozobra por unos instantes. La presión de cometer un error es demasiado grande. Mira a sus compañeros, que ya han saltado a la piragua. Es un momento difícil, pero no el único ni el peor de los que han pasado.
¡¡¡Rápido!!!
Kiadi salta y aterriza en la piragua. Han logrado realizar la maniobra sin ser vistos.
El joven respira hondo. Daría lo que fuera por un descanso, por la tranquilidad de su hogar. ¿En qué momento su vida se transformó en una película de aventuras? Lo peor es que en su caso, la victoria del héroe no resultaba absolutamente nada certera.
Así acostan en Duala, donde son recogidos por unos compatriotas que les albergan, quienes además por dinero les hacen las gestiones para los documentos.

Al cabo de una semana, Kiadi y sus amigos se encuentran en el puerto. Deben subirse al trasbordador (rumbo al Camerún) sin que se enteren los soldados y policías cameruneses, que vigilan sin cese la entrada a la nave. Pero Kiadi tiene una gran imaginación para sortear todos estos obstáculos, y rápidamente idea otra estratagema. Consiste en alquilar los servicios de unas piraguas rápidas con motores fuera de borda. Les embarcan uno a uno, como si nada, en paseo turístico costero.
Las piraguas navegan plácidamente cerca del trasbordador, y sutilmente se van acercando a él por el lado menos vigilado. El trasbordador está lleno de soldados, de modo que actúan como si les fuera la vida en ello, trepando con una agilidad loable.
Al instante, sin siquiera darse tiempo a recuperar el resuello, Kiadi se enciende un cigarro y se apoya en la barandilla fumando despreocupadamente como un viajero más. Sus compañeros se sientan leyendo algo y hablando despreocupadamente. Tienen la suerte que hay mucha gente que viaja y así pasan más fácilmente desapercibidos.

El barco se pone en movimiento y algunas horas después llegan a un pueblecito fronterizo que se llama algo así como Sokambro (no puedo asegurar la exactitud de este nombre). Aquí de nuevo, problemas. Tienen documentos cameruneses pero tienen que probar a los soldados que vienen del Congo.
Es el momento de explicar todo el guión que llevan preparado desde hace varias jornadas. El diálogo con los soldados es más o menos el siguiente:
– ¿Como puede ser que vengáis del Congo en este trasbordador con documentos de Duala ?
– Vivimos en Duala desde hace varios meses.
Kiadi sabe que tiene que sonar convincente. Si los soldados ven sus manos temblar le retendrán. Se mete las manos en los bolsillos y mira directamente a los ojos al soldado, que continúa indagando.
– (Con sospecha) ¿Y el matasellos de la frontera?
– Pasamos un día en que no había control. Pero no íbamos al Congo, sino solamente a Ouesso donde un amigo nuestro había perdido su madre.
La conversación se alarga para cada uno de los compañeros, y las mentiras tienen que ser cada vez más audaces. No todos lo consiguen. Tras una verdadera prueba de templanza, Kiadi ve como dos de sus cuatro amigos se quedan en el lugar. Son dos compañeros de aventuras, dos hermanos de los que Kiadi se ve repentinamente separado, sin siquiera poder despedirse, para tal vez no volverlos a ver nunca más. Los dos se preparan para volver a casa, descorazonados. Ha sido mucho dinero perdido y muchas esperanzas rotas. Saben que con eso pierden su gran oportunidad de hacer realidad su sueño. Aquí acaba su viaje.

Kiadi y otros dos compañeros no parecen acabar de convencer al policía. Estos militares están más que acostumbrados a todo este tipo de trapicheos. De modo que finalmente Kiadi saca parte de los ahorros que con tanto celo guarda y asegura su pase.

No quedan más que tres en la aventura. ¿Tienen más coraje que los que se quedan en el camino o más dinero, o son unos insensatos? De todo un poco.

En el siguiente post veremos las aventuras y desventuras de nuestros amigos con un párroco católico en Yokodouma, Camerún.

(La historia de Kiadi es una historia real, de la cual fue testigo el misionero Xavier Zabalo tras pasar cuarenta años en el Congo)

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